El proceso de enseñanza aprendizaje comprende la interrelación de una serie de procesos orientados a que el estudiante consolide sus conocimientos y desarrolle competencias y habilidades para su desempeño en un área determinada o de forma integral. La evaluación representa un elemento fundamental para la comprobación continua de este proceso y es la medición la que posibilita calificar el nivel de alcance de los objetivos establecidos. Es por esto que ambas están relacionadas y su uso dentro del ámbito académico resulta indispensable.
En función de esto, Aguilar, Alcántara y Morán (2009) señalan que la medición consiste en la apreciación de una conducta para el establecimiento de una calificación cualitativa o cuantitativa que denote el nivel alcanzado por el estudiante. Mientras que, la evaluación es un proceso continuo e integral que acompaña el proceso de enseñanza aprendizaje de forma continua, permitiendo la reflexión y la retroalimentación que conduzcan a la toma de decisiones sobre los logros alcanzados, así como las debilidades conseguidas y mejoras necesarias.
Siguiendo la postura de estos autores, la medición es un proceso más restrictivo, mientras que la evaluación es integral, por lo que la primera se considera parte de la segunda, pues la asignación de una calificación responde a los resultados obtenidos en el proceso de evaluación.
Sumado a estos planteamientos, se destaca la postura de Taberneiro (2009), quien señala que el proceso de evaluación siempre ha sido un medio para la reflexión que se acompaña de la medición para asignar una calificación al estudiante, sin embargo, actualmente con el desarrollo de las tecnologías y el surgimiento de nuevas modalidades educativas (e-learning, blended learning, etc.) es necesario conseguir formas creativas para la valoración del conocimiento, partiendo de la demostración individual del estudiante.
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